Coronavirus y clasismo

Pareja en la pandemia de la “gripe española”

En sociedades clasistas y obviamente excluyentes, como la absoluta mayoría de las latinoamericanas; la pobreza y la salud precaria están interrelacionadas. En esa situación, es una tautología decir que las comunidades pobres (estados, regiones, grupos y familias) presentan peores indicadores que las más ricas. La relación directa es: la pobreza genera mala salud, y la mala salud hace que los pobres se mantengan pobres.

En sociedades donde los gobernantes responden a los intereses de las clases altas; el sistema público de salud termina siendo un sistema para el uso de los pobres, inclusive es percibido como un egreso neto a las arcas públicas y jamás como una inversión.

Comunidad oriental en 1918

En familias (y por extensión en comunidades) pobres, la enfermedad de uno de sus miembros tiene un efecto real en el nivel de ingreso, si a ello se agrega el oneroso costo de acceder a una adecuada atención de salud, se tiene un círculo vicioso del que es poco probable escapar.    La pobreza hace que se tenga múltiples privaciones y que no exista excedente para cubrir el costo que genera una enfermedad, peor aún si afecta a los que generan mayores ingresos. Con el agravante que las presiones sociales entre los adolescentes tienden a ser más fuertes y las actitudes hacia las mujeres menos favorables, con relación a los cuidados sanitarios.  

En éstas sociedades, las clases acomodadas se atienden en el sector privado, sin embargo, reciben mayores subsidios del gobierno, en especial en el sector hospitalario (donde se registra el mayor gasto público); es reiterado el caso del paciente de clínica que ante un agravamiento de su cuadro sea trasladado a un hospital público o semipúblico de primera línea para atenderse, dado que la clínica no tiene ni el equipamiento ni el personal para atender su caso (dado que es rentable tenerlo).

Mientras un hecho no afecte a los sectores acomodados, éste será invisibilizado: “Dado que eso solo afecta a los pobres”.  Tal es el caso la anemia, desnutrición, mal de chagas, o dengue que, obviamente, afecta más a los sectores que tienen menores ingresos por limitaciones en la dieta y en las condiciones sanitarias.

Niños trabajadores en 1918

Entonces, el caso del coronavirus, que no discrimina fronteras ni clases sociales, se vuelve uno que genera “pánico público”. Ya hubo un precedente con el brote de influenza virus A, del subtipo H1N1, denominada “gripe española” que provocó más de 40 millones de víctimas mortales entre 1918 y 1920.  Sus primeros registros se dan en los Estados Unidos, en una base militar de Kansas (Fort Riley), a principios de 1918; y se extendió a Europa. España (por haber sido neutral en la primera guerra mundial) NO CENSURABA las noticias e informó de la pandemia, y por ello los medios la calificaron de española. En España murieron 300.000 personas (la absoluta mayoría de sectores populares que vivían en precarias condiciones), en Estados Unidos más de medio millón, en Argentina quince mil, en Venezuela, 25,000 y en Chile 45,000 aproximadamente. En países como Perú o México fue igual de grave, pero los escasos registros generales y la violencia política (para el caso de México), hicieron que no fuera un tema “tan público”.

Al igual que la “gripe española”, el #COVID-19 y su “pánico público” ha generado demandas extraordinarias de artilugios para combatir el contagio, entre ellos las mascarillas, que otra vez, al igual que en 1918 son completamente inútiles, salvo que las utilices para NO contagiar a otros.

Jefes de Estado subordinados a los poderes fácticos, como los de Colombia, Perú y El Salvador, dieron sendas conferencias de prensa por la llegada del coronavirus mientras millones de sus connacionales sufren por dengue, anemia y otras “epidemias de pobres”. Es obvio constatar entonces que sus funcionarios prioricen esta pandemia con recursos que jamás destinaron a invisibilizados temas.

Mientras no haya un sistema social que garantice: Que los costos de la atención sanitaria no lleven a las familias a la pobreza ni aumentarla. Es decir, que los pagos por la atención sanitaria no signifiquen un porcentaje relevante de sus ingresos (Donde la norma para la atención sanitaria debe estar al margen del nivel de ingresos, y en función a la gravedad y el impacto social).  Mientras ello no exista, se seguirán repitiendo los errores históricos y al final, el número de víctimas será según la real estratificación; es decir las victimas, en la última fase y la más cruenta, pertenecerán a los sectores más pobres de cada sociedad.

Dos trabajadoras camboyanas heridas descansan en el hospital tras el desplome de una planta de la empresa textil en la que trabajan. Foto de SAMRANG PRING.
Publicación del 26 de octubre de 1918 donde se burlan de las “nuevas” normas de salud.

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