LA CUARTA GUERRA MUNDIAL, LA ESTRATEGIA DEL CAOS Y TURQUÍA EN EL ESCENARIO ACTUAL

La crisis en Turquía

 Como antecedente directo hay que señalar que el país se ha involucrado cada vez más en la guerra de Siria, donde se enfrenta con Rusia, lo que supone el enfrentamiento indirecto con EEUU y OTAN –pues hay que considerar que por norma de la OTAN un ataque contra cualquiera de sus países miembros será considerado un ataque contra el bloque–. La confrontación Rusia-Turquía se produce, esencialmente, porque Turquía ha ocupado el norte de Siria, habitado por tribus turcomanas, y ha iniciado un conflicto militar con los kurdos sirios. El presidente turco Recep Tayyip Erdoğan ha establecido una alianza con Qatar, financiando grupos salafistas (como la “Hermandad Musulmana” en Egipto) y realizando una lucha activa contra el presidente sirio Al Assad. Por lo tanto, cuando los militares rusos en Siria comenzaron a bombardear las posiciones de los salafistas en el norte de Siria, Rusia entra en un conflicto directo con Turquía. Hace meses, el derribo del avión militar ruso por un misil turco y el brutal asesinato de sus pilotos por milicianos salafistas han sido un buen pretexto para aumentar la tensión.

Kurdistan

Al extremo que cuando Rusia se ha empeñado en involucrarse en el conflicto sirio, en perspectiva aparece que la senda principal del asunto es el de la guerra de Rusia con Turquía, una posibilidad muy real. Sobre todo porque ha acontecido la ruptura de las relaciones comerciales Rusia-Turquía, la prohibición del turismo, y la expulsión en Rusia de las empresas constructoras turcas, que en el ámbito económico ha supuesto un golpe más fuerte y más doloroso para Turquía, provocando la pérdida de miles de millones de dólares. El gobierno de Erdoğan amenazaba constantemente con cerrar el paso del Bósforo a las embarcaciones rusas, lo que supondría cortar la arteria vital para las tropas rusas en Latakia. Los turcos enviaron, en enero 2016, una parte significativa de sus tropas desde la frontera con Grecia a la frontera con Siria, y esto podía ser considerado como la preparación para una invasión militar.

Todos estos hechos aumentaban considerablemente el riesgo de una nueva guerra ruso-turca directa, desde inicios del siglo XX. Esta posibilidad era más probable de lo que lo ha sido nunca durante ese siglo y la primera década del XXI. Aunque es imprevisible cuándo estallará un conflicto abierto, teóricamente, podría ocurrir en cualquier momento y sus implicancias serían extremadamente graves para la paz global porque Turquía es un estado miembro de la OTAN, y coordina sus acciones en Siria con EEUU. Esto significa que Rusia deberá enfrentarse de nuevo contra la coalición occidental, con EEUU a la cabeza actuando en el bando turco en una potencial nueva guerra, como ya lo fue en la guerra de Crimea hace pocos años. Así que de nuevo un eventual conflicto regional tendría un impacto global. Esto es especialmente cierto ya que en Turquía hay una base militar nuclear de EEUU. Sería difícil que una guerra abierta de Rusia con Turquía no suponga el encendido amplio de la Cuarta Guerra Mundial.

Ahora bien, la situación en Turquía se muestra extraordinariamente volátil. Aparentemente en mayo 2016 el régimen turco logró recomponer relaciones con Rusia, atenuando la amenaza de guerra. Pero, paralelamente, quedó en evidencia el respaldo que el gobierno de Erdoğan brindaba al Estado Islámico (Daesh, ISIS), al que no solamente compraba el petróleo robado en Siria sino que aprovisionaba armas provenientes del mercado negro financiado por Qatar y Arabia Saudita. Esta conducta resulta directamente hostil para los países de la OTAN a partir de los atentados terroristas de ISIS en Europa, especialmente en Francia. También resultan hostiles para Rusia, a partir del apoyo brindado por ISIS a los yihaidistas del Cáucaso. Al extremo que existen fuertes indicios de que EEUU y Rusia se han puesto de acuerdo para provocar la caída del presidente turco Erdoğan. Parece ser que, como afirma el analista Thierry Meissan, “los estadounidenses establecen, por su parte, una diferencia entre Turquía, país aliado y miembro de la OTAN, y Erdoğan, un autócrata que se deja llevar por la manía de grandeza y que pisotea los ideales que Occidente dice defender”, con su apoyo al Estado Islámico.

Cabe considerar además que los mandatarios de EEUU y de Rusia, Barack Obama y Vladimir Putin se habrían puesto de acuerdo para respaldar a los kurdos sirios contra el Estado Islámico, pensando que éste pueden acabar representando una fuerza militar capaz de obstaculizar los planes de ambos estados respecto de Irak y de Siria, y aún respecto del futuro de un Kurdistán. De manera que, para EEUU el derrocamiento de Erdoğan podría ser una necesidad, simultáneamente para poder seguir presentando la OTAN como defensora de las democracias  y para mantener presencia en Turquía, ante la presencia de Rusia. Para este país, por su parte, extraer a Erdoğan del poder aparece como muy conveniente tomando en cuenta que este gobernante no es, de ninguna manera, confiable, que respalda a los yihaidistas en territorios rusos o en zonas caucasianas de influencia rusa, y que pretende edificar un pseudo-Kurdistán en territorio de Siria, lo que afectaría el poder del  mandatario sirio Al Assad, aliado de Rusia.

También hay que considerar que recientemente el poder proto-dictatorial de Erdoğan afronta oposiciones soterradas que lo debilitan, como la buena relación establecida entre militares turcos con sus homólogos chinos –aliados de los rusos en los temas de la región–. Cabe recordar que una de las políticas más enérgicas del presidente ha sido la de subordinar el poder fáctico militar a su poder político, lo que acarreó un soterrado descontento en sectores de las FFAA. En este sentido, no se descarta que los sectores de las FFAA que han materializado el presente intento de golpe de Estado contra Erdoğan expresen el descontento subyacente y además se encuentren influenciados por intereses geo-estratégicos adversos al mandatario turco.

Turquía

El hecho de que Erdoğan haya podido (hoy, 16 de julio) arribar a Ankara desde del balneario donde disfrutaba vacaciones, puede significar que el intento de golpe de Estado no se consolida; no necesariamente que los golpistas hayan sido derrotados sino que se ven obligados a negociar el cese de su intervención política, lo que daría a Erdoğan un respiro. Pero éste ya entenderá que su poder está erosionado por fuerzas internas y por poderes externos contrapuestos, particularmente OTAN vs. Rusia. Las tensiones internas, la presencia del Estado Islámico y la cuestión kurda determinan una grave precariedad del actual régimen gobernante en Turquía, que podría desatar una guerra civil y devenir en otro caso de Guerra Híbrida.

 Es que la crisis actual en Turquía no puede ser adecuadamente interpretada si no se toma en cuenta el contexto, como se describe a continuación.

 Del estado de anarquía a la estrategia del caos

 El mundo está afectado por una situación de anarquía que se caracteriza por la incapacidad de los organismos del Sistema Internacional de Estados, de mantener la paz y conducir el orden mundial, como prescribe la carta fundacional de la Organización de las Naciones Unidas.

El estado de anarquía es observable toda vez que estados o agrupaciones de estados omiten regulaciones de la ONU, e inclusive decisiones del Consejo de Seguridad de la ONU, realizando actividades bélicas bajo distintas presentaciones, inclusive a cubierto de “operaciones en la guerra global contra el terrorismo”, “operaciones para el establecimiento de la democracia” u “operaciones de imposición de la paz”.

Dicho estado de anarquía significa el colapso del orden internacional considerando que –por la lógica más elemental— hay una carencia persistente de homeostasis, es decir, carencia de equilibrio estructural que permita la funcionalidad del Sistema Internacional. De manera que en la actualidad este Sistema es una forma sin esencia, un continente vacío de contenidos, como lo muestra la total incapacidad de la Secretaría General de la ONU para lograr consensos a favor de la paz y en respeto de los estados nacionales que son miembros del organismo.

El estado de anarquía no es obra de la acción racional de algún actor singular en el escenario internacional, sino, más bien, es el resultado de la contraposición aleatoria de acciones instrumentales de distintos actores, que básicamente son estados promoviendo sus propios intereses geopolíticos y estratégicos; lo que conduce a escenarios multidimensionales de conflicto, algunos de los cuales alcanzan la intensidad de conflicto armado.

Respecto del actual período de anarquía en el ámbito de las relaciones internacionales, el antecedente directo, ahora remoto, de esta situación, es datado en el quiebre de los Acuerdos de Yalta (de febrero de 1945) que determinaron la “división del mundo” en áreas de influencia de los bloques “occidental” y “soviético”. Desde Yalta la Guerra Fría fue el escenario de confrontación entre ambos bloques que se extendió a nivel global.

Específicamente la ruptura del equilibrio mundial logrado con los Acuerdos de Yalta se produjo cuando EEUU, en 1978-1989, intervino en Afganistán brindando apoyo financiero y militar a los mujahidines islámicos anti-comunistas que combatían al régimen pro-soviético afgano. Esos apoyos fueron determinantes para que los mujahidines –calificados por EEUU como “luchadores de la libertad” — logren derrotar al régimen afgano no obstante la intervención militar directa de la URSS en apoyo al mismo. Ese mismo año 1989 ocurrió también “la caída del muro de Berlín”, hecho emblemático del colapso del “sistema soviético” e indicativo de la derrota de la URSS frente a EEUU y sus aliados occidentales.

El conflicto en Afganistán generó un nuevo actor en el escenario internacional, que de entonces a la actualidad ha alcanzado la más elevada gravitación en ese escenario. Se trata de un actor polimorfo y de baja densidad estructural que se materializó primero como el mujahidin anti-soviético y que luego se ha concretado en distintas configuraciones dentro del esquema organizacional red-coalición, que asumen formas que van desde Al-Qaida y sus aliados en el Medio Oriente y África  hasta los combatientes musulmanes de Chechenia y de Bosnia, hasta los irregulares armados en Ucrania, y hasta el autodenominado Estado Islámico. El propio Osama Bin Laden fue una hechura de la asistencia militar estadounidense a los mujahidines combatientes en Afganistán.

La guerra de Afganistán 1978-1989 introduce, además, un escenario en el que destaca la intención de cuando menos uno de los oponentes por destruir el Estado Nacional cuyo dominio es el territorio donde se desarrolla el conflicto. La intervención militar de la entonces URSS, si bien fue justificada a solicitud del régimen pro-soviético de Kabul, conllevaba la intención de someter el gobierno del país a un estatus colonial. Por su parte la intervención militar indirecta de EEUU, mediante la fuerza armada y la organización político-tribal de los mujahidin islámicos, portaba la intención de destruir el estado laico e imponer una autoridad basada en la Sharia (ley islámica). El resultado fue efectivamente –y de manera disfuncional para los intereses de ambas potencias— que Afganistán se convirtiera en un “Estado Fallido” en manos del movimiento Talibán.

Un nuevo intento estadounidense por posicionarse ventajosamente frente a Rusia en Afganistán se produjo el 2001 a partir de los escandalosos atentados del 11 de septiembre en EEUU –con toda probabilidad acciones terroristas de bandera falsa, para los que fue instrumentada Al-Qaida— que propiciaron la invasión militar de EEUU y aliados de la OTAN argumentando una “guerra global contra el terrorismo” que en el país ha servido exactamente para mantener el Estado en una situación de extrema debilidad y subordinación permanentes.

El hecho de que, en el decenio de 1990, EEUU y Rusia contendieran por interpósita fuerza en el proceso inducido de la disolución de Yugoeslavia, también es un caso de acciones para destruir ese estado federativo. En cuanto concernía a EEUU y sus aliados de la OTAN, en función de evitar que Serbia se convierta en el estado hegemónico en el área de los Balcanes sometiendo territorios con poblaciones serbias y gobiernos pro-occidentales. En cuanto concernía a Rusia, en función de evitar el desmembramiento de la “Gran Serbia” afín a los intereses geopolíticos de Moscú. El desastroso resultado de las “guerras de la ex Yugoleslavia” ha sido, objetivamente, el surgimiento de estados débiles, étnicamente fragmentados y extremadamente vulnerables a influencias externas.

Hay que sumar también el caso de Irak, respecto del cual EEUU y sus aliados de la OTAN argumentaron una amenaza de “estado terrorista” en virtud de acusar que el régimen de Saddam Hussein, además de constituir una feroz dictadura represiva  y genocida, poseía armas de destrucción masiva que amenazaban directamente intereses occidentales. La invasión de Irak el 2003 se efectuó sin previa declaración de guerra, a cargo de una coalición internacional liderada por EEUU y con la participación militar de Gran Bretaña, España, Portugal, Italia, Polonia, Dinamarca, Australia y Hungría (con el apoyo de República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania, Malta, Chipre, Israel, Kuwait y Colombia). Realizada la invasión multinacional que inició la guerra de Irak –que ya lleva 14 años–  no se pudo comprobar la existencia justificatoria de las armas de destrucción masiva y más bien las acciones de EEUU al timón de las potencias ocupantes se centraron en la destrucción de las instituciones del estado irakí –especialmente de las FFAA, con lo que alimentaron las fuerzas de resistencia—, en el establecimiento de una administración gubernamental subordinada y en la destrucción de infraestructura civil que de inmediato inició su reconstrucción a cargo de empresas occidentales y pagada con el petróleo de Irak.

Cabe precisar que la invasión de Irak no contó con el mandato expreso del Consejo de Seguridad de la ONU y que, por consiguiente, a la luz del derecho internacional, fue una guerra ilegal y una guerra de agresión, ésta expresamente condenada por la Carta de la ONU. Sin embargo, poniendo de manifiesto la instrumentación de la ONU por EEUU y sus aliados, este organismo, en octubre del 2003, convalidó la invasión recomendando en su resolución 1511 a los estados miembros que presten apoyo a la fuerza multinacional invasora, con toda la asistencia posible, incluyendo a la militar.

Afganistán, Yugoeslavia e Irak llamaron la atención de diversos analistas independientes (Marc Vandeppite, Mohammed Hassan, Michel Collon) porque en su conjunto revelan una estrategia de grandes potencias y países asociados para crea situaciones de caos conducentes a la destrucción de estados nacionales que poseen interés geo-estratégico en la contienda multidimensional que enfrenta a EEUU y sus aliados con Rusia y países de su órbita de influencia, específicamente en los casos de Afganistán y Yugoeslavia; caos que es también conducente a la destrucción de estados nacionales en territorios que poseen importantes recursos estratégicos en regiones vulnerables a la reconfiguración política, específicamente en el caso de Irak. Esta estrategia, que no es unívoca, ha sido denominada Estrategia del Caos.

Como señala Mohammed Hassan (entrevista con Michel Collon y Grégoire Lalieu. 2013) la Estrategia del Caos se ha aplicado y se está aplicando en el espacio que une África y Asia, pasando por Oriente Medio, un “arco musulmán” donde proliferan revueltas e intervenciones extranjeras, y se multiplican resistencias. Excepto en Arabia Saudita, considerado autor y beneficiario de la desestabilización regional.

Distintas potencias intentan controlar esta región rica en materias primas y atravesada por vías marítimas estratégicas, que es además un espacio decisivo para mantener el liderazgo mundial, lo que contrapone a EEUU y sus socios de Europa frente a Rusia y a la ascendiente China. Por defecto, en las intenciones de estas potencias radica la idea de que si no se puede controlar las riquezas del mundo musulmán hay que impedir la competencia de otros que puedan aprovecharlas. De aquí la necesidad del caos.

En síntesis, la Estrategia del Caos es una vía de acción para la destrucción o cuando menos para el control externo de estados nacionales en función de intereses geo-estratégicos o por codicia de recursos. Esta estrategia opera a partir de la promoción mediática y política de que el ejército o el gobierno del estado nacional en la mira sobrepasan un límite que sea intolerable para la opinión pública extranjera (limpieza étnica, en Yugoeslavia; cobijo del terrorismo, en Afganistán 2001; genocidio y amenaza con armas de destrucción masiva, en Irak). A partir de allí se elabora las justificaciones para la intervención militar cuyo resultado es la pronta destrucción del estado nacional.

Se ha detectado un cierto “patrón” de generación y desarrollo de la Estrategia del Caos, como señalan Jorge Beinstein (Del fin del comienzo al comienzo del fin. 2014) y Manlio Dinucci (Escalation. Anatomia della guerra infinita. 2005) que comprende la siguiente secuencia en la perspectiva de los actores del “meta-control del caos” señalados por ambos autores:

  • Preparación de los actores oponentes del estado nacional. Es una fase preliminar de la estrategia. Consiste en identificar al grupo social (étnico, tribal, religioso, opositor del gobierno) que tiene el potencial para confrontar al Estado “desde la sociedad civil”.
  • Promoción de la organización y activismo del grupo elegido. Mediante programas de “formación de líderes”, financiamiento de proyectos de ONGs, relacionamiento con fuerzas políticas adversarias del gobierno, campaña en las “redes sociales”. Inducción de la movilización del grupo en acciones de provocación apropiadas para concitar la represión por parte del gobierno. Campaña de denuncias por violación de los DDHH a cargo de agentes del Estado. Se asume que el conflicto violento entre las “fuerzas represivas” y los “ciudadanos que protestan” es punible para los agentes del Estado.
  • Campaña de prensa desplegada a nivel internacional instrumentando denuncias de “represión” y “violación de los DDHH”. Inducción del impacto de la campaña en organismos internacionales.
  • Episodios de violencia armada generada por enfrentamientos entre agentes del Estado y grupos de “civiles” que justifican sus acciones como formas de autodefensa. Aparición de milicias y grupos armados organizados con propósitos de control de territorio y de población, pretendiendo sustraer el poder del Estado.
  • Escalamiento político del conflicto entre el gobierno y los grupos y activistas protestantes. Victimización sostenida de los activistas, con eco creciente en medios internacionales. Promoción del descrédito internacional del gobierno, acusaciones y denuncias ante organismos internacionales, por parte de los opositores. Inducción de la desestabilización del gobierno, cuestionamiento interno y externo de la legitimidad del régimen del Estado. Solicitudes internas y externas de intervención extranjera de carácter “humanitaria”. Si el conflicto interno ha derivado en violencia armada, solicitud de intervención para “imposición de la paz”.
  • Intervención militar extranjera contra el gobierno, en apoyo de la fuerza beligerante opositora de éste, para cautelar los DDHH de sectores de población o para “imposición de la paz”. Estado de guerra civil que deviene en Guerra Híbrida, con el objetivo de destruir el estado nacional.

La Guerra Híbrida en la Estrategia del Caos

El concepto de Guerra Híbrida es, en parte, sustitutorio del concepto de Guerra de Tres Bloques, que describe el conflicto armado en el que tienen hostilidades dos o más fuerzas armadas regulares (que representan a sus respectivos estados) y una o más fuerzas irregulares (que pueden ser instrumentos de un Estado, o bien pueden ser fuerzas no estatales, insurgentes, etc.). Casos representativos de la Guerra de Tres Bloques son los del decenio de 1990 durante el proceso de disolución de Yugoeslavia, en Eritrea y en Sudán.

El concepto de Guerra Híbrida quiere incorporar la letalidad del conflicto inter-estatal con la guerra irregular en la que participan fuerzas no estatales. El oponente calificado como irregular puede tener una estructura política jerárquica con unidades centralizadas, como células descentralizadas o unidades en coalición o en red. En lo que respecta a los medios, el oponente irregular puede recurrir tanto al uso de sistemas de comando, uso táctico de blindados, de misiles tierra–aire portátiles, pero también a emboscadas, ataques guerrilleros, ciber-ataques, empleo de dispositivos explosivos improvisados y asesinatos selectivos y masivos para causar terror en una población objetivo. De manera que, como señala Frank Hoffman (Complex Irregular Warfare: The Next Revolution in Military Affairs. 2006), el oponente irregular incluye desde las capacidades convencionales, las formaciones y tácticas irregulares, actos terroristas, incluyendo coerción y violencia indiscriminada, y desorden criminal.

La Guerra Híbrida en nuestro tiempo  tiene a ser cada vez más común, con mayor velocidad y letalidad que en el pasado debido en parte a la difusión de la tecnología militar avanzada en ambientes para-militares.

Desde luego, este tipo de guerra puede ser llevada a cabo tanto por los Estados como por actores no estatales y se aprecia que los “campos de batalla” serán las ciudades del mundo, las densas concentraciones urbanas y los litorales congestionados donde la mayoría de la población y la economía mundial está concentrada. En lo que respecta al factor tiempo, los actores de la Guerra Híbrida, tanto estados como fuerzas no estatales, tratarán que el conflicto se extienda de manera indefinida, evitando el enfrentamiento decisivo y buscando la ventaja de maneras inesperadas.

Es importante resaltar una característica distintiva del actor irregular en la guerra Híbrida. Este oponente necesariamente presenta una motivación política,  que es la de imponer su propia voluntad al enemigo. Como señaló Raymod Aron (Pensar la guerra, Clausewitz. 1976) si no hay motivación política, estamos ante un mero hecho criminal.

La denominada Guerra de Cuarta Generación –conflicto armado de larga duración entre una fuerza regular y una fuerza irregular, que tienen marcadas diferencias tecnológicas militares entre sí– está incluida en el concepto más comprensivo de Guerra Híbrida –siempre y cuando involucre a más de dos actores oponentes— pues el enfrentamiento asimétrico es una táctica que puede ser utilizada por cualquier oponente.

Otra característica –todavía emergente— de la Guerra Híbrida es la singular utilización del espacio cuando menos por alguno de los oponentes. Mientras en la guerra convencional es acotado por los territorios de los estados en conflicto, y en la guerra no convencional generalmente el espacio está acotado al territorio circunscrito que disputan la fuerza regular y la fuerza irregular, en la Guerra Híbrida no se considera límites espaciales para el enfrentamiento, que puede ser un espacio regional –Oriente Medio, por ejemplo— o el ámbito planetario entero –atentados en Francia–, como pretende el Estado Islámico.

Precisamente el Estado Islámico (Daesh, ISIS, EI) es la organización político-militar que mejor representa en la actualidad al oponente irregular en los varios escenarios de la Guerra Híbrida. Se trata de una fuerza armada irregular en la que se combina agrupamientos de fundamentalistas islámicos yihaidistas de orientación wahabista o salafista (El Salafismo es una herejía islámica, que a diferencia de las interpretaciones canónicas del Islam es la única que promueve la Yihad –guerra santa— como una lucha a muerte contra “los infieles”) con grupos musulmanes radicales de identidades étnicas y aún tribales, a los que se suman grupos armados del crimen organizado, que bajo cubierta de alguna postiza confesión religiosa o identidad étnica, están realmente dedicados a la rapiña de recursos naturales en zonas de guerra, y también concurren mercenarios de distintas procedencias. La fuerza unificadora de esta coalición variopinta y no exenta de conflictos internos, es la común vocación de los caudillos de estas agrupaciones por ejercer el control de territorios y de población que permitan obtener poder político y, sobre todo, lograr beneficios económicos resultantes de la rapiña.

Sin embargo una característica sustancial del Estado Islámico es el respaldo material y político que recibe de estados a cuyos intereses geo-estratégicos es funcional, al extremo que en función de ese apoyo se puede sindicar abiertamente al reino wahabista de Arabia Saudita como el principal animador y financista de este grupos, en su pretensión de rediseñar el mapa político del Oriente Medio con el beneplácito de Israel, Turquía, los emiratos árabes del golfo y la tolerancia de EEUU y de los estados miembros de la OTAN. No sorprende, entonces, que en ningún caso intereses de Arabia Saudita y de Israel hayan sido objetivo de ataques yihaidistas del Estado Islámico que, por otro lado, han atacado a todos los demás actores estatales y grupos étnico-religiosos de la región.

De manera que, en definitiva, las fuerzas armadas irregulares de yihaidistas y similares actualmente en operaciones en distintas áreas del Medio Oriente, el Cáucaso y África –que han extendido además redes terroristas sobre Europa y Rusia— son agrupaciones instrumentadas por intereses políticos de distintos estados que intervienen así, de manera indirecta, en proyectos de transformación del poder en amplios territorios como los ya mencionados de Medio Oriente, el Cáucaso y África, al servicio de corporaciones extractivistas globales y de proveedores de servicios de construcción de infraestructura fuertemente ligados con oligopolios industrial-financieros con intereses globales.

Pero cabe considerar que en razón de los ingentes recursos económicos acopiados por la rapiña en zonas de guerra –principalmente por la explotación y comercio ilegal de petróleo en Libia y en Siria— se está produciendo una cierta autonomización de los grupos yihaidistas respecto de sus creadores y promotores, al extremo que hoy en día resulta difícil conjugar el interés funcional común del Estado Islámico, de Arabia Saudita y de Turquía, en Siria, con las acciones terroristas del Estado Islámico en Europa, condenadas por los sauditas que necesitan mantener buena relación con la UE y la OTAN.

En la tensión entre la tendencia de los yihaidistas a autonomizarse (impulsando el proyecto político del Califato Mundial) y la tendencia a seguir siendo instrumentos de los fines contrapuestos de grandes potencias como EEUU y Rusia, el Estado Islámico y otras fuerzas armadas irregulares espontáneamente sirven a la misma estrategia (de EEUU y de Rusia) de erigirse –en forma excluyente– como el único Estado con fuerza, alcance e influencia en todos los sectores –política, económica y militar– realmente globales, proponiéndose impedir que ninguna potencia considerada hostil logre dominar una región –Europa Occidental, Oriente Medio, Asia Oriental, el territorio de la antigua Unión Soviética, el Sudoeste de Asia y África del Norte y Sub-sahariana– cuyos recursos sean suficientes para generar un poderío global.

Con esa estrategia EEUU replanteó sus objetivos de seguridad de alcance global desde 1991 y, coordinando su acción con las potencias europeas, también reorientó la estrategia de la OTAN, aprovechando la crisis de la entonces decadente ex URSS. Pero al finalizar el milenio se pudo apreciar que la Federación de Rusia que es sucesora de la URSS, ha recuperado capacidades y, en procura de mantener o restablecer las “zonas de influencia” geopolítica de su antecesora, ha adoptado la misma estrategia que su adversario, con énfasis en acciones “duras” en área del Cáucaso y del Mar Negro, y más recientemente en el Mediterráneo oriental (Siria).

Desde que EEUU y sus aliados de la OTAN, y Rusia, han adoptado por igual esa estrategia global, se ha instalado el caos en el escenario internacional, teniendo como víctima al estado nacional. Han sido fragmentados, destruidos o sometidos mediante la guerra (abierta y/o encubierta) los estados considerados como obstáculos para el plan de dominación global de cada una de las dos grandes potencias –Yugoslavia, Afganistán, Irak, Georgia, Chechenia, Armenia, Libia y otros más— mientras es incierta la suerte de otros estados como Siria, Ucrania, Yemen, Sudán, Nigeria, Turquía, entre otros. Por su parte Saudi Arabia, Irán, Pakistán enfrentan amenazas que podrían sumar estos países al grupo precedente; y la suerte de Israel está fuertemente asociada al futuro de Arabia Saudita en su confrontación con Irán.

La Guerra Híbrida y la Cuarta Guerra Mundial

Importantes analistas, entre ellos Eliot A. Cohen (Strategy in the Contemporary World: Introduction to Strategic Studies. 2002), señalan que la Guerra Híbrida “viene estallando como Cuarta Guerra Mundial” desde los escenarios de guerra en Afganistán y en Irak, generados desde el 2001 y el 2003, respectivamente, que sirven a intereses del bloque OTAN-EEUU para edificar una línea de detente ante los intereses de Rusia en ambos países, y que también sirven a la intención occidental de acotar posibilidades de influencia regional de Irán, la neutralización de India y de Pakistán. Como se sabe, Irán e India son países próximos a Rusia, en tanto que en Pakistán existe una creciente influencia de China, aliada de Rusia.

En una entrevista (El Comercio, 04 de enero 2016) el ex canciller peruano Francisco Tudela posiciona una visión adecuada del actual escenario global. Tudela comenta que la Tercera Guerra Mundial fue la Guerra Fría, que tuvo momentos de enorme tensión en Cuba, Angola, Hungría, Argelia, Indochina o Corea. Sostiene al respecto que como EEUU y la URSS no podían confrontarse directamente por poseer el arma nuclear, se enfrentaron indirectamente a través de frentes de liberación nacional y guerrillas alrededor del mundo. A continuación refiere que el general francés Alexandre de Marenches, especialista en Inteligencia, describió a la Cuarta Guerra Mundial como la guerra en la que se enfrenta a un enemigo no estatal, no nacional, que no puede ser catalogado con el estatus de combatiente según las regulaciones del Derecho Internacional. Tudela afirma que la Cuarta Guerra Mundial se está haciendo hoy visible en Siria e Irak.

Pero sería un error grave identificar la Cuarta Guerra Mundial con la denominada “Guerra Global contra el Terrorismo”, denominación auspiciada por EEUU para justificar su apropia aplicación de la Estrategia del Caos. La Cuarta Guerra Mundial no es una contienda armada entre una coalición de estados nacionales occidentales (o un bloque político militar como la OTAN) y una red mundial de grupos terroristas y/o fuerzas armadas irregulares y no nacionales (como el Estado Islámico). Esta caracterización es una justificación ideológica de utilidad para EEUU y sus aliados.

Sin embargo es indudable que la Cuarta Guerra Mundial asume la configuración de Guerra Híbrida, con la característica de que, cuando menos una de las fuerzas contendientes, es una fuerza no estatal –que puede ser fuerza irregular en el nivel de guerrilla, grupo armado insurreccional o red terrorista— o bien fuerza regular no estatal pero dotada de organización funcional, con encuadramiento de combatientes, con línea de comando y bandera.

La Guerra Híbrida es, pues, un conflicto armado internacional que representa la nueva configuración de la forma del conflicto armado que entre fines del siglo XX e inicios del presente siglo fue denominada “Guerra de Tres Bloques”, así designada por la característica de confrontar a fuerzas regulares de dos o más estados y además a una fuerza armada no estatal, como acontecía en la ex Yugoeslavia, luego en Chechenia y en Sudán, por ejemplo.

Es posible caracterizar los casos de Guerra Híbrida actualmente existentes como situaciones puntuales de una Cuarta Guerra Mundial porque:

  • Involucran la contraposición de intereses de las dos grandes potencias que de manera excluyente poseen aspiraciones de poder global: EEUU y Rusia.
  • Se manifiestan en zonas o lugares distintos en varias regiones del planeta donde se “calientan” tensiones entre ambas potencias y estados aliados.
  • Involucran a terceras partes cuyos intereses propios se hallan comprometidos en las áreas de conflicto o debido a los recursos materia de conflicto, como es el caso de China y otras potencias emergentes (India, por ejemplo).
  • Se despliegan comprometiendo zonas y vías de importancia geo-política y estratégica en el actual proceso de globalización.

Desde este punto de vista la Cuarta Guerra Mundial en años recientes ha venido “estallando” en forma progresiva en zonas que pueden ser calificadas como “frentes de la guerra”, que son los siguientes:

Libia. A principios del 2011 se produjo una serie de manifestaciones de protesta en el mundo árabe –en el marco del inicio de la luego llamada “Primavera Árabe”– y una parte de la población de Libia se manifestó contra el régimen de Muamar el Gadafi mientras otro segmento mantuvo su apoyo. Buena parte de los opositores –que luego se conoció fueron auspiciados por Arabia Saudita y emiratos árabes– controlaban mediante comités populares importantes ciudades en el oeste, rodeando la capital. En marzo, EEUU, Francia y Gran Bretaña lanzaron la operación “Odisea al amanecer” con ataques aéreos y misiles sobre objetivos militares de fuerzas leales al régimen de Muamar el Gadafi. De inmediato países como España, Dinamarca y Qatar se unieron a la ofensiva aliada contra Gadafi, cuyo régimen se derrumbó entre agosto y octubre del 2011. Desde entonces Libia fue gobernada, de manera extremadamente precaria, por un Consejo Nacional de Transición plagado de divisiones internas durante su mandato como autoridad provisional de gobierno. El 2014 se han reactivado los combates entre diversas milicias armadas.

Libia

En resumen, desde la intervención internacional que definió contra el régimen de Gadafi la guerra civil en Libia, este país ha quedado institucionalmente destruido y en condición de “Estado Fallido”, sujeto a poderes fácticos influenciados por estados con intereses económicos en los valiosos recursos naturales de Libia.  Este país es el primer caso de Guerra Híbrida a la que subyace la intención de EEUU y sus aliados de la OTAN, de destruir el Estado nacional para imponer sus intereses, que son los de explotación de recursos energéticos y control de puertos estratégicos en el Mediterráneo.

Siria. El 2010 el gobierno de Bashar Al Assad inició una represión contra activistas sirios opositores. Por lo mismo, muchos civiles comenzaron a armarse, primero para seguir manifestándose y luego para proteger su seguridad. En los enfrentamientos subsiguientes, sobre todo en el norte del país, empezó la guerra civil. Durante el levantamiento, el gobierno sirio ha acusado a la oposición de desestabilizar al país. Los líderes de la oposición dicen que solo es la justificación para los ataques del régimen. EEUU y sus aliados occidentales impusieron sanciones económicas contra Siria, condenaron a Al Assad y exigieron que abandonara el poder. Sin embargo, no han persuadido al Consejo de Seguridad de la ONU a que haga lo mismo. China y Rusia, dos de los socios comerciales de Siria, vetaron varias de las resoluciones propuestas respecto a Siria. Un ataque químico en septiembre de 2013, supuestamente contra población opositora pero en realidad una “operación de bandera falsa” por cuenta del gobernante de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, casi provoca una intervención militar occidental, pero una controvertida propuesta diplomática de Rusia bloqueó la posibilidad y permitió dirigir la destrucción de las armas químicas, pero la guerra civil continuó.

Desde fines del 2013 la guerra civil se agravó con la intervención del Estado Islámico (financiado por Arabia Saudita), de la red local de Al-Qaida con el nombre de Frente Al-Nusra; y con la abierta intervención militar extranjera. EEUU y sus socios de la OTAN, especialmente Gran Bretaña, Francia, Canadá y Turquía, además de varios estados árabes afines a los intereses de la OTAN. Estos revelaron acciones de provisión de armas y recursos a grupos de irregulares armados opositores de Al Assad. Pero el 2014 EEUU y la OTAN escalaron su intervención efectuando operaciones militares directas, básicamente bombardeos aéreos, a favor de milicias opositoras de Al Assad y supuestamente contra elementos del Estado Islámico pero que en realidad afectaban a las fuerzas estatales sirias.

Desde el inicio del conflicto sirio, Rusia ha apoyado a Bashar Al Assad, quien jugó en contra de los intereses de EEUU, Europa Occidental y los apoderados estadounidenses en Oriente Medio: Arabia Saudita, Qatar y Turquía. Cada uno de estos países, sin embargo, persigue sus propios intereses. La herramienta para derrocar a Al Assad fueron grupos islámicos radicales: Estado Islámico (Daesh, ISIS), Al-Qaeda (con la denominación de Frente al-Nusra), etc. Sin embargo, no han logrado sus objetivos. En tanto, Rusia pasó a participar plenamente en las operaciones militares sólo en 2015, cuando el agotado régimen de Al Assad pidió apoyo militar abierto. En este caso, Moscú ha tenido aliados representados por el eje chií: Teherán, el Irak chiíta, y el Hezbollah libanés, con los que no sólo coopera, sino que incluso lucha codo con codo. El mundo chiíta es estrictamente anti-estadounidense, pero al mismo tiempo, a nivel regional, se opone a los radicales suníes saudíes y qatarís, financiadores de los grupos extremistas salafistas.

En este frente de Siria, Rusia se enfrenta a EEUU y a los países de la OTAN, no directamente, sino indirectamente. Los propios países occidentales están en guerra con el Estado Islámico, según dicen, pero en realidad apoyan firmemente a los grupos islámicos radicales para derrocar a Al Assad. Las mismas tácticas fueron utilizadas para derrocar a Gadafi en Libia.

Siria

La guerra en Siria no puede ser considerada como una operación antiterrorista ordinaria de dos partes que son, además, contrincantes: de un lado EEUU y OTAN más estados árabes aliados; de otro lado Rusia con el apoyo de Irán, porque las fuerzas del Estado Islámico y asociados controlan ahora buena parte de Siria y tienen un impresionante apoyo directo e indirecto que procede de financistas como Arabia Saudita, Qatar, y de beneficiarios de la explotación ilegal de petróleo, como Turquía.

Además cabe considerar que Rusia es una potencia nuclear. Por lo tanto, su participación militar directa en la guerra de Siria ha cambiado radicalmente la situación precedente, pasando a configurar un conflicto de alcance global. Con la participación militar de Rusia se ha puesto en juego no solamente la estabilidad de Al Assad, y que sus enemigos nacionales se vean obligados a luchar contra Rusia. Sino que, también, las operaciones militares de Rusia desafían no sólo a la red extremista del Estado Islámico y al-Nusra, sino a la hegemonía estadounidense asociada al salafismo (Arabia Saudita) de Oriente Medio.

En perspectiva no se puede descartar que el conflicto armado en el frente de Siria comprometa cada vez más las posiciones globalmente confrontadas de EEUU-OTAN y Rusia, porque en el futuro próximo puede desembocar en el enfrentamiento directo si es que EEUU-OTAN persisten en su intención de sacar a Al Assad del poder mientras que Rusia defiende la permanencia del régimen o, cuando menos, aceptaría una transición política siria que asegure los intereses rusos en el país.

Ucrania. En julio de 1990 Ucrania se convirtió en un estado independiente luego de haber formado parte de la URSS desde 1922, formando entonces parte de la Comunidad de Estados Independientes sucesora de la URSS. El año 2004 el país ingresa en un período de crisis política centrada en la contraposición de fuerzas a propósito del régimen de gobierno. El 2012 en Ucrania se atiza la crisis política debido a la contraposición entre fuerzas que pugnaban por fortalecer la asociación con Rusia y las que más bien impulsaban la asociación con la Unión Europea. El gobierno, al mando del pro-ruso Víktor Yanukóvich, promovió con fuerza la asociación con Rusia, enfrentándose a la oposición, a favor de la asociación con la UE. Las protestas y manifestaciones por este conflicto desembocaron en esfuerzos por desestabilizar el gobierno, mediante asonadas callejeras en donde se evidenció la participación de grupos nazis y de activistas armados anti-rusos, algunos de los que fueron detectados como mercenarios provenientes de Chjechenia y Turquía.

En febrero del 2014 las manifestaciones violentas lograron por fin desestabilizar el gobierno ucraniano de Yanukóvich y la oposición forzó elecciones anticipadas, en junio, en las que fue triunfador el pro-occidental Petró Poroshenko. Geopolíticamente este hecho político implicó un “cambio de bando” del país, cuyo gobierno pasó de ser adherente a la “zona de influencia” de Rusia a ser un país orientado a alinearse con el bloque OTAN-EEUU.

Ese año 2014 poblaciones rusófonas y rusófilas de la península de Crimea iniciaron acciones que eran primero de resistencia contra la intención del gobierno ucraniano de aproximarse a la OTAN abandonando su asociación con Rusia, y luego, acciones de secesión. En un momento previo el régimen de Yanukovich había pedido a Rusia el uso de fuerzas militares “para establecer la legitimidad, la paz, la ley y el orden, la estabilidad y la defensa de las personas de Ucrania”. El mismo día, el presidente ruso, Vladimir Putin, solicitó y recibió la autorización del parlamento de Rusia para desplegar tropas rusas en Ucrania y tomó el control de la península de Crimea al día siguiente. Ya en el esfuerzo secesionista alentado por los rusos, el 6 de marzo de 2014, el Parlamento de Crimea aprobó “ingresar en la Federación de Rusia con los derechos de sus miembros” y más tarde llevó a cabo un referendum en el que se consultó a la población de estas regiones si deseaba unirse a Rusia como estado federado o si prefería restaurar la Constitución de Crimea de 1992 y el estado de Crimea como parte de Ucrania. La primera opción fue aprobada con una abrumadora mayoría. Crimea declaró formalmente la independencia y solicitó que fuera admitida como parte de la Federación de Rusia. Esto ocurrió el 18 de marzo 2014, a pesar que la ONU mediante su asamblea general votó a favor de una declaración no vinculante para oponerse a la anexión rusa de la península.

Mientras tanto, comenzaron disturbios en las regiones del este y del sur de Ucrania. En varias ciudades de las regiones de Donetsk y Lugansk se generó “repúblicas” separatistas y se organizaron milicias locales, que se apoderaron de los edificios policiales, gubernamentales y de las comisarías de policía especiales en varias ciudades de las regiones. Conversaciones entre la UE, Rusia, Ucrania y EEUU produjeron una Declaración Conjunta en la que las partes solicitaron que todas las milicias ilegales depusieran las armas y establecieran un diálogo político que podría conducir a una mayor autonomía para las regiones de Ucrania. Pero cuando el 25 de mayo del 2014 el pro-occidental Poroshenko ganólas elecciones presidenciales en Ucrania, la crisis se acentuó por la represión inmediatamente desatada contra los rebeldes pro-rusos armados en Donetsk y Lugansk. Poroshenko se comprometió al regreso de Crimea a la soberanía de Ucrania.

La reunificación de Crimea con Rusia no ha sido reconocida por ningún Estado en el mundo –a diferencia de la hechiza creación de la República de Kosovo en la ex Yugoeslavia, rápidamente reconocida por el bloque EEUU-OTAN–. La DPR (República Popular de Donetsk) y la LPR (República Popular de Lugansk) son hechos no formalizados en el escenario internacional y esta situación deja abierta la posibilidad de que Ucrania haga empleo de la fuerza militar, con apoyo de la OTAN y EEUU, para restablecer su dominación en ambos espacios; situación que puede producirse en un momento que este bloque instrumente al gobierno de Ucrania para apostar por una escalada de conflicto en el área ruso-ucraniana, incluso recurriendo a la invasión de Crimea.

En este escenario se produciría una guerra inicialmente indirecta entre Rusia y EEUU –con interposición de Ucrania y la OTAN— que podría devenir en guerra directa, porque con el tiempo aumenta la posibilidad de un ataque del ejército ucraniano sobre la posición consolidada por los militantes de la Nueva Rusia separada de Ucrania, e incluso sobre todo Crimea, más a causa de razones internas de Ucrania, y más aún en el contexto de la lógica de la confrontación global entre Rusia y EEUU.

No es exagerado considerar que el frente de Ucrania está situado cerca de las fronteras rusas, en el área que separa Eurasia y Rusia, el espacio continental del Heartland, de los territorios occidentales. Es el área donde se tradicionalmente unen las civilizaciones de Oriente y de Occidente y, por lo general, las disputas sobre estos territorios comienzan guerras mundiales.

(Pedro Ernesto de Altamira)

 


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